Él más que nadie se merece un
espacio, aunque sean muchos los que también tengan la capacidad de hacer semejante
lugar en mi vida.
Llegó a casa cuando nadie lo
esperaba y todavía recuerdo que la tristeza de Poroto un poco rondaba. Aún así,
e incluso sin saberlo, yo lo esperaba entusiasmada. Cuando mi papá abrió la
puerta yo corrí a abrazarlo y él me llevó volando hasta la cama, sin dejarme
bajar, ni parar de chumbar. Es que andaba un poco con los ánimos alborotados,
hace apenas un tiempito que se la pasaba remojado. Vivía en una casa en la
playa con un conocido que se llamaba Tony, que claramente de a poco lo
abandonaba.
Esta parte yo no la recuerdo,
pero dicen que cuando mi mamá llegó, él sabía la que le esperaba y por las
dudas ni la pasaba. La tuvo unos minutos en la puerta sin siquiera susurrar
hasta que la voz de la jefa empezó a chillar…
De a poquito y entre todos nos
fuimos conociendo y él con muchísimo amor sus pelos sacudiendo, era como una
alfombra blanca y reluciente, pero si le tocabas la comida, te mostraba los
dientes. Esas son cosas de cachorros desobedientes, que ahora no soportaría ni de
un loquito sin dientes.
Mi hermana siempre cuenta que en
las noches de tormenta Simi se escondía debajo de su cama y fue así que
consiguió algunas frazadas.
Yo lo recuerdo conmigo a todos
lados, memorizando a Poroto que me sacaba de las manos todos los bizcochos, aunque con Simi comíamos siempre juntos y nos sacábamos de encima todos los antojos. Para él lo más duro era cuando llegaba el verano, quedaba pelado como
ratita de laboratorio, es que no queríamos que sude la gota y pierda lo gordo.
Cada vez que estudiaba estaba
conmigo, me hacía de alfombra y me cubría del frío. Aunque para él lo mejor
eran las siestas, ahí sí que se venía la fiesta. Nuestras comidas favoritas incluían
fideos, con salsa rosa, eso sí, para que no queden feos. Después se venía el almohadón
y te podría decir que dormíamos y hacíamos descontrol.
Tengo que confesar que de vez en
cuando le lavaba los dientes, es que no quería que quede como un viejo sin
dientes. Además, de paso, le besaba la nariz que siempre estaba brillante, como
con barniz.
Un día llegó Tropeo y al él algo
le olía feo. Era un cachorrito revoltoso y juguetón, aunque con su cola lo tenía
de chaperón.
Yo siempre pienso, y de esta
forma nos mantengo contentos, que con la llegada de Tropeo él se sacó un peso
feo. Nos había regalado 17 preciosos y súper aventureros años y ya hacía un
tiempo que se quería ir volando. Lo que pasa es que no era tarea fácil
dejarnos, estábamos muy atados y no era un nudo blando.
Los perritos son muy inteligentes
y es por eso que siempre hay que quererlos sonrientes. Para él era importante
poder despedirse y no dejar a nadie con un agujero triste y fue así que
mientras nos daba sus últimos momentos peludos a Mati y a mí, espero la llegada
de la jefa y de mi papá que lo abrazaron como si fuese un oso lanudo.
No puedo mentir, es cierto que a
veces lo extraño horrores (aunque siempre es mejor recordarlo con honores), sin
embargo me sirve más pensar que siempre me va acompañar. Cada tanto veo una
foto y le digo a Mati lo lindos que eran él y Poroto. Pero por suerte la vida
nos da oportunidades de querer a muchos perritos y algunos a la vez.
Y es así, Simón les dio paso al
loco Trope y al Dulce Boti que llenan mi corazón de amor a lengüetazos, esos sí
que se pasan de babas es que son pequeños y no les crecieron las barbas.

Comentarios
Publicar un comentario