Sí, Simón es un corazón♥

Él más que nadie se merece un espacio, aunque sean muchos los que también tengan la capacidad de hacer semejante lugar en mi vida.
Llegó a casa cuando nadie lo esperaba y todavía recuerdo que la tristeza de Poroto un poco rondaba. Aún así, e incluso sin saberlo, yo lo esperaba entusiasmada. Cuando mi papá abrió la puerta yo corrí a abrazarlo y él me llevó volando hasta la cama, sin dejarme bajar, ni parar de chumbar. Es que andaba un poco con los ánimos alborotados, hace apenas un tiempito que se la pasaba remojado. Vivía en una casa en la playa con un conocido que se llamaba Tony, que claramente de a poco lo abandonaba.
Esta parte yo no la recuerdo, pero dicen que cuando mi mamá llegó, él sabía la que le esperaba y por las dudas ni la pasaba. La tuvo unos minutos en la puerta sin siquiera susurrar hasta que la voz de la jefa empezó a chillar…
De a poquito y entre todos nos fuimos conociendo y él con muchísimo amor sus pelos sacudiendo, era como una alfombra blanca y reluciente, pero si le tocabas la comida, te mostraba los dientes. Esas son cosas de cachorros desobedientes, que ahora no soportaría ni de un loquito sin dientes.
Mi hermana siempre cuenta que en las noches de tormenta Simi se escondía debajo de su cama y fue así que consiguió algunas frazadas.
Yo lo recuerdo conmigo a todos lados, memorizando a Poroto que me sacaba de las manos todos los bizcochos, aunque con Simi comíamos siempre juntos y nos sacábamos de encima todos los antojos. Para él lo más duro era cuando llegaba el verano, quedaba pelado como ratita de laboratorio, es que no queríamos que sude la gota y pierda lo gordo.
Cada vez que estudiaba estaba conmigo, me hacía de alfombra y me cubría del frío. Aunque para él lo mejor eran las siestas, ahí sí que se venía la fiesta. Nuestras comidas favoritas incluían fideos, con salsa rosa, eso sí, para que no queden feos. Después se venía el almohadón y te podría decir que dormíamos y hacíamos descontrol.
Tengo que confesar que de vez en cuando le lavaba los dientes, es que no quería que quede como un viejo sin dientes. Además, de paso, le besaba la nariz que siempre estaba brillante, como con barniz.
Un día llegó Tropeo y al él algo le olía feo. Era un cachorrito revoltoso y juguetón, aunque con su cola lo tenía de chaperón.
Yo siempre pienso, y de esta forma nos mantengo contentos, que con la llegada de Tropeo él se sacó un peso feo. Nos había regalado 17 preciosos y súper aventureros años y ya hacía un tiempo que se quería ir volando. Lo que pasa es que no era tarea fácil dejarnos, estábamos muy atados y no era un nudo blando.
Los perritos son muy inteligentes y es por eso que siempre hay que quererlos sonrientes. Para él era importante poder despedirse y no dejar a nadie con un agujero triste y fue así que mientras nos daba sus últimos momentos peludos a Mati y a mí, espero la llegada de la jefa y de mi papá que lo abrazaron como si fuese un oso lanudo.
No puedo mentir, es cierto que a veces lo extraño horrores (aunque siempre es mejor recordarlo con honores), sin embargo me sirve más pensar que siempre me va acompañar. Cada tanto veo una foto y le digo a Mati lo lindos que eran él y Poroto. Pero por suerte la vida nos da oportunidades de querer a muchos perritos y algunos a la vez.
Y es así, Simón les dio paso al loco Trope y al Dulce Boti que llenan mi corazón de amor a lengüetazos, esos sí que se pasan de babas es que son pequeños y no les crecieron las barbas.



Comentarios