Camino de ida

Admiro profundamente (la palabra real era envidio) a cada una de esas personas que encontraron la manera de pasar la mayor parte de su tiempo al aire libre, en esos verdes tan infinitos y soleados que penetran bien adentro del alma. Aquellos en los que al ingresar te atrapan para que jamás salgas.
Cada vez que, por algún motivo, recorro los bosques siento que me sumerjo en un laberinto de amor eterno, con mi compañero de la mano y ese sol que nos enciende para jamás soltarnos. 
El verde único de ese pasto tan bello, que se combina con la inmensidad de los árboles que te abrazan; en esta época algunos están muy brillantes y otros de un color apagado, pero cuando los rayos penetran cada una de sus hojas y bolitas de ping pong (que tienen como pinchecitos, como las ruedas recién nuevas –para que no se rompan diría Salvi-) con solo mirarlos conseguís sentirte acobijado.
Los encierros de oficinas deberían estar limitados a los días nublados. Está claro que todos tenemos numerosas cuentas que pagar y que esas computadoras, que en días tan bellos parecen horribles cajas con luces, son las que nos brindan algunos papelillos para darnos los gustitos. Pero…
Sé que algún día vamos a encontrar la forma, sé que vamos a conseguirla, porque para ese lado vamos. Que lo que siempre ansiamos se está comenzando a construir, que de a poco las semillas se van sembrando y los frutos van floreciendo y que vamos a ser de esos a los que miro con tanta pasión, todos aquellos que a media mañana pasean por el parque con sus perritos, teniendo largas charlas que sólo hablan de esas pequeñas cosas, de las que son reales, de esas que verdaderamente valen.
Cada día que amanece tan resplandeciente siento que el amor se hace más gigante, que ese globo precioso y anaranjado que nos regala el cielo va a brindarnos todo el combustible que hace falta y la energía para dar cada paso, que cada segundo de disfrute va a ser exprimido como debe ser y que nosotros ya no vamos a correr.
Mi papá me enseño bien, desde chica me remarcó que todos los rayitos de sol hay que agarrarlos, que no hay que postergar esos instantes en el pasto. Los olores y los sabores son grandiosamente más sabrosos con esta ferviente lamparita natural, los malfatis de mi mamá, a los que las papilas gustativas les hacen la fiesta de la diva, los asados de mi viejo, siempre al sol con un matambrito, como vino añejo. 
Los días de sol tienen eso, te invitan a que disfrutes, que exprimas, que te llenes de mil maravillas. Para mí son un camino de ida, son como la felicidad, podés tener intervalos de enemistad, pero si la elegís siempre te va a acompañar.

Digamos sí a un Boti y dos pancitos!




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