Hace una semana leí esta frase: “Lo que
sucede es la única cosa que podía haber sucedido”, con la siguiente
explicación: “Nada, pero nada, absolutamente nada de lo que nos sucede en
nuestras vidas podría haber sido de otra manera. Ni siquiera el detalle más
insignificante”. Forma parte de las Leyes de la India.
| -Dulce San Blas♥- |
Cuando lo recordé lo pensé bastante, un poco
lo entendí y otro tanto me quedé meditando. Recordé la infinidad de veces que
pensamos en qué podría haber sido si hubiésemos hecho algo distinto y creo que
tiene sentido lo que explican los indios.
Como siempre lo hago, aunque esta no sea una
buena, ni sana práctica; intenté ver qué me sucedía en este momento que podría
aplicar al concepto. Lo encontré, en lo más amplio y lo más pequeño. Y
comprendí que realmente si las cosas no serían como son, nosotros no tendríamos
las oportunidades que tenemos, no planearíamos de la manera que lo hacemos y ni
siquiera podríamos volar tan alto como soñamos.
Lo que pasa es que también está la otra cara,
cuando nos pasa algo que nos hace mal o detestamos y nos cuesta desarmar y no
nos entra en la cabeza, aunque nos la pasemos buscando respuestas. Nos llenamos
de bronca, angustia, congoja, lo que sea, pero quizás si en ese momento nos
dedicáramos a ver el lado positivo, las opciones estratégicas o simplemente nos
dejamos reinventar por el momento, todo sería más fluido y menos enroscado.
Dicen que si querés hacer reír a Dios tenés
que contarle tus planes… Porque probablemente la vida se trate de armar algunos
pero por sobre todas las cosas de saber improvisar.
Y aquí mi cuento:
Hace un año y tres meses nos encontrábamos en
plena mudanza. Estábamos en un monoambiente precioso, lleno de luz y mucho
calor de hogar, pero que ya nos quedaba pequeño. Aún así, lo amábamos tanto que
habíamos pensando, entre otra infinidad de opciones, quedarnos un tiempo más;
pero la realidad es que los cachorritos no van con el piso de madera y los que
son hiperactivos mucho menos en un departamento tan pequeño.
Cuestión que nos pasamos un largo tiempo
buscando alquileres, evaluando otras posibilidades (es increíble la imaginación
que tiene uno al momento de pensar en el hogar, por suerte existen momentos de
claridad).
Al grano, firmamos contrato. Un alquiler, que
hoy lo pienso y era carísimo, por dos años. En una especie de PH, dos pisos, híper
frío y húmedo, con un mini balcón. El día de la mudanza nos quedamos sin luz y
sin gas, bah este jamás apareció. Fue una larga jornada, prefiero guardarme las
líneas para otros detalles. Llovía y caía granizo, con truenos y relámpagos. Ese
día concluyó más rápido de lo esperado, obvio. Nosotros optamos por tirarnos los
tres a dormir una siesta tardía, el descanso nos aclararía las ideas.
En ese momento Mati había dado su veredicto,
que compartiríamos unos días después, no nos íbamos a quedar ahí. Él dice que
mientras nos veía a Boti y a mí apachucharnos cada vez más por el frío decidió que
ese no era nuestro lugar. La seguidilla de días, la tomada de decisión y todos
los hechos que acontecieron en esa semana fueron chiclosos y un tanto
complicados.
![]() |
| -Ante todo sonríe, la vida siempre sigue- |
Fue extenso el período, muy. Incluso cuando
concluyó nos confesamos que habíamos vivido ese año en automático, cuando todo
comenzó o quizás cuando la cosa se iba poniendo más fea, cada uno apretó un
botón para lograr sobrepasar tormentas, locuras, momentos raros y
frustraciones. Hasta que el 26 de abril de 2017, con muchas cosas aprendidas, cordones que todos los días hay que esforzarse por cortar y algunas
tuercas ajustadas, ya nos encontrábamos habiendo firmado la escritura de
nuestro departamento.
Yo lo pude visualizar mientras intentaba
limpiar el baño, Mati siguió en automático unas horas más. Hasta que en un
momento, ya solos, tomando unos mates, charlamos y admiramos lo que habíamos
conseguido, era algo que extrañábamos hacía ya un año y todavía iba a hacerse
esperar un poco más. Se trataba de NUESTRO HOGAR, nuestro nido, el lugar donde
poder seguir construyéndonos, nuestro motor para recordar cuanto nos gusta
volar, nos habíamos reencontrado.
Lo que siguió también fue un poco largo.
Habíamos esperado tanto, que no nos costaba nada aguantar un poco más y
conseguir la belleza que le queríamos dar. Hasta que llegó el 10 de junio de
2017, día de mudanza y movimientos varios. Yo estaba medio ida, no sabía muy
bien qué hacer, ni cómo moverme, hasta que entendí que era de a poco, que
reencontrarse con eso que uno tanto ama y que le hace tan bien a veces tarda un
poco más, a nuestra neura le cuesta acostumbrarse a las cosas buenas.
Lo entendimos en el primer café con
mediaslunas en un barcito de Once, mientras nos preparábamos para planear lo
que sería un largo camino al hogar y lo seguimos diciendo, cuando nos
encontramos alquilando un sucucho sin gas, ni luz, con bronca y mucho frío no
sabíamos que esa sería la puerta a nuestro sueño, no sabíamos bien qué hacer,
así que fuimos improvisando a medida que pasaban los meses y acontecían los
días. Esa mala racha había sucedido porque nosotros teníamos que animarnos y
llegar a tener nuestra casita, para ahora poder seguir planeando aventuras
alucinantes y volver a animarnos a volar alto.
Costó, pero llegó. Probablemente si nada
hubiese salido de esta manera, nosotros no habríamos aprendido tanto, no
estaríamos tan cómodos como estamos y no hubiésemos vuelto a soñar con muchas
cosas que nos reencontramos. Entonces…
Los indios tienen razón, “lo que sucede es la
única cosa que podía haber sucedido” y seguramente tiene mucho sentido.

Hermoso testigo de que la vida hay que tenerle un poco de fe, mismo cuando los dias son gris... y si todo sucede por algo, cada vez más lo creo. Un beso!
ResponderEliminarGracias Celes!!! @CelesteViera
Eliminar