Cosechando capitanes

Me puse a pensar en “Horton y el Mundo de los quién” y cada vez lo pensé con más ímpetu, pero lo hice poniendo todas mis fuerzas en la necesidad de que eso no me caiga como una neurosis ofensiva, sino como un herramienta que me de la posibilidad de comprender que en el mundo hay algunas personas que tienen la capacidad de convertirse en un gran elefante que daría su vida y su reputación por salvar a un diminuto mundo de micromonitos y hay otros que simplemente están condenados a ser meros orangutanes que dedicarán toda su existencia a mirarse y a pensar cuánto puede aumentar su población de piojos. 
-Nuestra segunda gran cosecha-
Si no vieron la película se las recomiendo enormemente. Habrá quienes se diviertan y enternezcan, otros que se coman las uñas hasta el momento de “plantación” y estarán quienes puedan gozar cada pelusa de esta apasionante aventura y que a su vez sepan exprimir cada enseñanza; serán aquellos que puedan aprender, entre otras tantísimas cosas, que la salvación no están en llegar al punto de estabilidad sino en visualizar la manera de equilibrarse y encontrarse en el camino, que cualquier simple viento puede derribarnos sino aprendemos a andar sin rueditas, que aunque seamos el animal con más poder de la población un día podemos depender de esa insignificante hormiguita y que está en uno saber valorar todo lo que te dan y comprender que no somos nada, sino aprendemos a caminar de la mano y compartir senderos. Y serán también los que asimilen que puede ser que nadie jamás note todo el esfuerzo que hacemos por disfrutar del sol sin molestar y porque todos se sientan a gusto, pero también puede ser que alguien algún día dependa de nosotros para poder ver ese precioso paisaje y eso no nos hace ni más grandes ni más pequeños, que actuar como siempre lo hacemos, respetando a los demás y a nosotros mismos, hace que siempre podamos conservar nuestro ventanal más preciado.


Parece que mañana vendemos mi compu, esa que me compré como un divino regalo de mis abuelos, cuando recién creía comenzar a descubrir mi amor por la escritura, allá por 2009 creo, cuando decidía una vez más apostar a una carrera que prometía convocarme siempre a mis pasiones más lindas. Lo sé, siempre me voy por las ramas. Entonces, como desde hace tiempo que tengo abandonado el blog y como un poco me hago la desentendida cuando dejo de lado lo que me gusta, Mati hoy me recordó que tenía que reconectarme. Motivo por el cual pensé que era buen momento para escribir mi reflexión sobre Horton, ya con la cabeza más fría y con la angustia un poco más trabajada podríamos decir.
Ahora sí, entonces se me ocurrió que podía despedir a la compu con un texto bien propio. Luego recordé que ya la había formateado y que iba a tener que volver a hacerlo luego de poner contraseñas y más, así que opté por algo más abridor aún, que es darle la bienvenida a la compu de Mati, ahora oficialmente de los dos, que he utilizado un millón de veces, pero ahora lo hago oficial. Sí, tanta perorata por un simple texto, es que es así que uno embellece la vida, o a veces la complica, en mi caso es depende el ánimo con el que me encuentren.

Retomamos.
Yo soy apasionada, y es por eso que también soy un tanto exagerada, pero hay cosas que no me pasan ni por la garganta, ni por el lugar más recónditos y perverso de mi cabeza. Existen en nuestra sociedad y desearía muy profundamente que en ninguna más, unos mecanismos tan rebuscados y sistemáticamente armados para destruirte neuróticamente, que necesitas tener una armadura de Troya para no volverte un psiquiátrico del Moyano. A mí ese tipo de manejos me sacan totalmente de eje. No es algo que me enorgullezca, ni mucho menos que quiera dejar pasar y es por eso que levanto de a poquito, a veces más y otras menos, la tapa de la pava, para que el humo vaya saliendo, por un lado, por el otro, un tanto por aquí y otro por allá, con la intención de que en algún momento pueda sacar por completo la tapa y respirar sin que la presión me haga explotar.
A veces un poco creo que de esta forma le doy muchísimo más lugar del que merece ocupar, pero es que hasta ahora no encontré la fórmula para no dejarme llevar, ni dejar de entrar. O en verdad sí, estoy planeando la mejor manera, una que quizás nunca creí verdaderamente posible y que a cada granito de arena que se agrega hace que mi sonrisa se vuelva de oreja a oreja, que mi mente se convierta en la plaza de Piny Pon, llena de colores y sabores y que pueda entender que la felicidad incluso en los lugares menos pensados y más prolongada de verdad existe. Pero, cuando uno encuentra semejante fórmula les quiero decir que el camino es largo, pero no por eso tedioso, hay que saber disfrutarlo. Pero para llegar a destino es necesario cosechar un buen y lindo sendero. 
Otra vez por las ramas, perdón. Lo que quiero decir es que en estos momentos, cada uno debe tener un lugar o una circunstancia que les genera algún nudo en la garganta, en mi caso cuando me lleno de bronca se me arma la bola y la angustia me desborda. El tema, o la fórmula está en encontrar la manera de salir de la marea. También es buena la de aprender a flotar para no dejarse llevar. Cada circunstancia tendrá su particularidad, pero lo que hay que asegurarse es de nunca perder la seguridad.
En mi caso, y ahora que incluso sin leer vislumbré un poco lo pesimista que me mostré, puedo asegurar que se trata de un asunto como tantos más, nada grave, aunque sí molesto, pero aunque por momentos me dejo llevar, la mayor parte del tiempo entiendo que estoy donde estoy por una decisión bastante genial. Es que no les puedo adelantar, pero, como siempre cuando uno planea y desea, se viene algo genial. Y cada pasito que damos, cada día de esfuerzo, se trata de un granito más que nos aportamos en este viaje tan particular.
Lo importante yo creo y muy por mis adentros siempre enumero es lograr la concentración para caminar sin parar, es aprender a volar incluso en esos lugares que sentimos que nos cortan las alas y no nos dejan respirar. Se trata de mantener la mente enfocada y no dejarnos llevar por todas esas acciones que nos hacen rabiar.
Hay una cosa que no quiero dejar de resaltar es que es fundamental aprender a cortar. En mi caso hago análisis y siempre me hace pensar en todas esas cosas que, por alguna extraña razón, no queremos dejar, aunque muy por mis adentros comprendo que lo único que hacen es mantenernos siempre atentos con sensaciones que neuróticamente nos dan movimientos. Entonces en esos momentos hago un ejercicio, bien por adentro, se trata de pensar en esas películas que pasan por mi cerebro, algunas de terror y bastantes de suspenso y es ahí que recuerdo que por suerte, hace ya mucho tiempo, que crecí y entendí que a mí me gustan las historias felices, las pelis de dibus, las cintas de acción y ficción con momentos de tensión, pero que terminan siempre con historias radiantes, de dientes al aire y finales brillantes. Y es ahí que consigo que la bola se vaya y el nudo se desenrriede, porque la vida se trata de aprender a sortear los vientos más grandes, de saber barrenar las tormentas envueltas, pero también y, por sobre todo, aunque siempre lo digo -a veces algunos necesitamos un pajarito constate que nos lo recuerde (como la publicidad de “me hago las lolas o me voy a buceos)- se trata de disfrutar cada paso que damos y comprender que si nuestro objetivo vale la pena y nos llena el alma de vida, esquivar piedritas siempre valdrá la pena cuando miremos atrás, mientras saboreamos nuestro dulce algodón.
Porque al final, tal vez no siempre encontremos un Horton que nos comande el barco de fuente laboral, pero quizás es simplemente porque nosotros somos nuestro propio elefante y aprender a caminar con estas enormes patas sobre este mundo tan movedizo será difícil, pero abunda la felicidad si uno se arriesga a aprender a volar y disfrutar el destino.


El valor del tiempo… Aprovechar aquellos momentos de la vida en los que nos decidimos por comandar nuestro propio barco y escribir nuestra propia historia.

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