De pañuelos con mocos y algo más

Me encantaría decir que somos amigas desde que mediamos un meñique, o que nuestras anécdotas datan de la famosa presentación escolar en primer grado, o incluso a veces quisiera contar que llevamos estos 27 años de historia, pero la verdad es otra y, aún así, es mucho mejor.

Nunca lo recuerdo bien, pero creo que empezamos a ser compañeras algo así como en séptimo grado, o quizás fue octavo, o tal vez directamente en el polimodal, no tengo ni idea, porque ella era la ñoña y yo siempre fui la que quería pertenecer al grupo de las divinas, por reputación nomás, porque no encajaba. La mayoría de los planes me parecían demasiado gomas, exagerados y dedicados a la pantalla, aún así me hice un poco la bulímica, me clave las mini y los tacos aguja, me incrusté uñas postizas y a medida que iban pasando las modas me adaptaba. Pasé de ser súper top, a ser rolinga, escuchar Ataque 77, luego Lescano y las polainas y así sucedieron algunos años de mi adolescencia.

No puedo mentir, tampoco es que quería pertenecer a su selecto grupo de ñoñis, aunque en su mayoría todas me caían bien, pero no me daba, ni me da el bocho. Lo que sí tengo que asumir es que a pesar de todo siempre mantuve mi esencia, una loquita simpática y buena onda, pero loquita al fin, y ella era una ñoña loca, poco cuerda, pero de gran corazón, probablemente fue eso lo que no hizo fideos y salsa rosa.

Elegir amigas y que te duren toda la vida es un tema, cómo explicarlo, complejo, casi roza lo imposible, pero hay excepciones. Las minas somos jodidas, hay que decir la posta, incluso probablemente sea ese el motivo por el cual también tenemos amigos varones, ellos hacen todo más sencillo, no le dan bola a toda nuestra maquinola y nosotras como queremos copiarnos y hacernos las despreocupadas les seguimos la corriente.

Pero, volviendo al tema, con mis amigas cuando nuestros novios tienen quilombos grandes con sus amigos y se decepcionan como puñal por el estómago , les explicamos que eso es porque ellos creen que todos son igual de honorables, pero que la realidad es que a los amigos posta, a esos que les bancas que te llenen el piso de pañuelos con mocos, cuidarles una perrita que te mee el sillón, que te llamen a cualquier hora, que te preocupen con boludeces, que les prometes madrinazgos aunque conoces la colgadez extrema de su ser, esos sólo se cuentan con los dedos de una mano.

Volviendo en el tiempo. Hay un momento de la vida que es crucial, el nuestro estoy segura de que fue el viaje de egresados y si ella dice algo diferente no le crean. Es ahí, cuando después de muchos vómitos, la habitación con cartelitos de ocupado, las tangas en el techo, aprender a  acompañar en las pruebas, compartir cada detalle, aunque te parezca boludo, cuando desarrollas el sentido del olfato para apreciar las apariciones e incluso las desapariciones es que cosechaste una Cami.

En el viaje, cuando compartimos un cuarto del que prometimos jamás comentar en público (promesa que acabo de fracturar), fue cuando hicimos el pacto de honor al estilo Harry Potter. En ese momento nos prometimos ser cómplices hasta en el más mínimo detalle, incluyendo el asesinato. Pactamos tácitamente que nos diríamos lo peor, incluso eso que nadie nunca te quiere decir, juramos, aunque sin decirlo, que no importaba el tiempo, si teníamos que hablar cada dos segundos, o no emitir sonido por un mes, prometimos a sangre bancar cada una de esas cosas de las que no se puede escribir, porque ya somos mujeres decentes con cónyuges y cachorritos, ese minuto fue en el que entendimos que íbamos a ser fideos y salsa rosa toda la vida. Está claro que yo soy la salsa, por lo rosa y ella el fideo, por lo larga.

Cuando vos cosechas una amistad así es mentira que hay que regarla todos los días, esas son las boludeces que te venden los 20 de julio (creo que no nos saludamos los 20 de julio desde que terminamos el secundario). Todo eso son pavadas, pero hay algo crucial, algo que va mucho más allá para lo que sí tenés que estar comprometido, hasta que la muerte te llegue, o que los vivos te olviden, lo que suceda primero. Siempre tenés que estar disponible para responder un miedo totalmente infundado o para compartir la noticia más hermosa que le esté ocurriendo en ese momento a la otra, aunque está sea simplemente que se pudo sacar un pelito encarnado. 

A la que le toque ser la receptora en ese mensaje tiene que tener la capacidad de responder ante semejante acontecimiento de manera correcta, pero lo más importante es que esa respuesta nunca es pensada, jamás es premeditada, siempre es espontanea.

Si te escribe tu amiga para contarte que finalmente se compró los anteojos rosa que quiso toda su vida, la emoción es igual de semejante al día que la otra te invita a conocer a la Ninita, nueva integrante de la familia; ahora si te llama para llorar porque su estado de paranoia es imparable, la reacción debe ser firme, contundente: “el mundo no se acaba hoy, quizás mañana sí, pero hoy no, así que sacá tu mejor sonrisa y hacé bailar a tu recóndito corazón”.

Aceptar y cuidar una amistad semejante es bastante parecido a firmar un contrato en blanco, nunca sabes con qué cláusula loca te va a aparecer la contraparte, ayer sin ir más lejos escuché la más insólita en estos casi 11 años, pero te puedo asegurar que junto con otros más, es de los mejores vínculos que podés crear, es parecido a saltar al vacío, siempre viene volando un paracaídas u otro suicida con el que charlar hasta el estampe.


Porque tener este tipo de amistades significa que las Pringles son obligatorias, que quizás tengas que compartir un Sebas, que nunca pueden faltar los fideos (preferentemente con salsa rosa), que probablemente los pasos se vayan dando casi en simultáneo, pero principalmente significa que no importa la hora, ni el día, siempre vas a tener una oreja, un reto, una risa y una fiel amiga.

-No contamos con muchas fotos y menos con muchas decentes-

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