Mi esencial y tan compañero novio
me dijo el otro día, de la nada, como si supiese (aunque ni siquiera lo hayamos
conversado) de la necesidad y las ganas que a veces aparecen, aunque las trato
de esquivar, que creía que esta semana tenía que escribir, que le daba la
sensación de que me iba a inspirar. Hay momentos de la vida que a uno lo pasan
y lo dejan como si recién hubiese bajado del zamba y en esa mezcla de miedo,
placer, diversión y nauseas invasivas,
todavía está buscando el equilibro para estar de pie y caminar.
Este último tiempo fue para mí
una mezcla de todas las sensaciones más extremas que se pueden tener, o a las
que puede sobrevivir un ser humano (ya descubrí que los seres vivos tienen en
extremo muchísima más capacidad que nosotros). Tengo en mi cabeza tantas cosas
acerca de las que me gustaría contar, que ni siquiera soy capaz aún de encontrar
el camino para hacerlo. Peor aún, como soy demasiado cobarde, en vez de
ocuparme realmente de pensar en todas las cosas de las y para las que necesito
ir acomodándome, distraigo a mi cabeza con neurosis sonsas que sé que no me
importan ni tampoco son reales y mucho menos me sirve, pero lamentablemente
todavía es mi manera de esquivarle a las cosas que más deseo y más me importan.
En fin, como no sabría por dónde
arrancar, ni tampoco tengo la capacidad para comentar acerca de todo eso. Me
dieron ganas de rendirle una especie de nuevo homenaje al padre que tan amorosa,
comprometida y honradamente me adoptó.
Estaba escuchando una columna de
Casciari (de quien soy inmensamente fan) en la que recordaba con mucho cariño
como su padre le había enseñado la pasión más grande que tiene y no pude evitar
pensar en el mío, en uno de los mío, porque les recuerdo que la vida te
abofetea, pero luego te trae chocolates, entonces yo soy tan suertuda que tengo
cielo y tierra cubierto. Nuevamente, en fin.
Recordarlo hizo que se me venga a
la mente casi de inmediato el amor irremediable que tengo por el olor a jazmín,
a pasto recién cortado a parque iluminado con flores y plantas de todos los
colores, ahí me puse a pensar que mi papá me enseñó y me sigue inculcando una
de las cosas que más feliz me hacen que es pasar un día soleado al aire libre,
repleta de verde y de ricos olores a plantas.
Cuanto empeño le habrá puesto mi
viejo, para que yo después de pasar mi adolescencia renegando con su necesidad
exagerada de que me levantara luego de una madrugada de boliche, para
acompañarlo a hacer el parque que de casa cada sábado para poder disfrutarlo
durante la mañana y tarde de domingo, hoy en día guarde en mi memoria cada
momento y cada olor como el mejor creador de sonrisas? A veces pienso, me habrá hecho algún truco
este hombre como para que yo recorra un predio con pasto recién cortado y haga
mueca de felicidad a cada paso? Me habrá puesto olor a jazmín en los
sanguchitos de miga que nos comíamos de recompensa luego de una ardua jornada
de quehaceres jardineros para que yo distinga hoy el olor, incluso a metros de
distancia, y me acerque para robar un pimpollo con el simple objetivo de sonreír
en cada suspiro como si me estuviesen dando la mejor noticia de mi vida?
De dónde habrá sacado mi padre
esa capacidad por hacer tan necesaria la decoración verde en una casa que ya
siento que si no existe es que allí no hay vida? Cómo habrá logrado que nazca
en mí la espontaneidad del nacimiento de una risa alegre cada vez que camino
sobre un sendero verde? Y por sobre todas las cosas me pregunto si sabrá mi
papá que gracias a él encuentro en cada planta bella y olor a pimpollito un
motivo para pensar qué groso que es y cuánto le agradezco por haberme enseñado
a sonreír en cada suspiro.
Muy bello, como siempre! Ya estrañaba!
ResponderEliminar