Mientras yo me preocupaba y mostraba avergonzada mis estrías y mi rollo colgante, escuché casi a lo lejos (porque cuando una está tan frustrada con su cuerpo las palabras de halagos suenan despacio, la ceguera no nos deja sentirlas) “qué hermosa cicatriz Beth, por ahí salió Jere”. Hacía un mes que yo no tenía la capacidad para verlo con tanta claridad. Mi hijo, lo más hermoso que hicimos con Mati, el resultado de tanto deseo, paciencia y amor, había salido por esa ventana. La mini puerta que yo abrí con tanto orgullo y valentía, bah en verdad que el genio y súper querible de mi obstetra abrió.
Yo ya había superado hacía exactamente un mes el temita ese de tener que abrir una ventana porque la puerta estaba cerrada, pero ahora toca una parte que me cuesta más, asumir (entre otro millar de cosas) que mi cuerpo es otro MUY distinto al de antes de Jerito y para nada parecido al de durante Jerito. Sentirse satisfecha acá es casi una lucha diaria, la zapan, las lolas a lo Moria (que son mi mayor orgullo -sí, las madres con la lactancia tenemos un temita de empoderamiento difícil de explicar-), las estrías repartidas, los brazos mofletudos, podría seguir infinitamente, pero la conclusión a la que quiero llegar es que volvería a vivir todo lo que pasamos y lo que pasé, y aún más, porque la recompensa, incluso hoy conociendo el lado A y B de la maternidad, puedo decir que es inmensamente gigantesca.
Hace días estoy con ganas de volver, pero si sigo pensando en hacerlo de una manera ordenada me quedo papando mosca. Porque estoy en el momento más caóticamente hermoso de mi vida. Así que espero que disfruten algo de todo lo que desordenamente pienso contarles.
Y acá mi tesoro más preciado
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